¿Planificar para no cumplir?

07/11/2016

Seamos sinceros, ¿se cumplen tus planes?, ¿haces lo que habías planificado hacer, o acabas haciendo otras cosas y dejando sin hacer las que habías planificado?

Si es así, no te sientas culpable, le pasa a mucha gente; de hecho, le pasa a la mayoría de personas del planeta, es un mal bastante extendido y común. Con frecuencia solemos realizar listas de tareas, de cosas que tenemos que hacer, o de cosas pendientes de hacer. Es la famosa “To do list” tan extendida y conocida a nivel mundial.

En esas listas, acostumbramos a tachar las cosas realizadas, pero el problema es que no cesan de entrar nuevas tareas. Y a veces, casi siempre es así, entran más tareas de las que salen. Y eso obliga a rehacer las listas, a elaborar otras nuevas, e incluso en ocasiones, a hacer listas de listas. Se trata de listas que jamás se acaban, que carecen de intención en la acción, no tienen dirección, y te dejan un sentimiento amargo de culpabilidad al irte a casa sin haberlas terminado.

El fracaso continuado, tanto a nivel personal como del entorno (compañeros de trabajo, amigos, o colegas), ha llevado a mucha gente a pensar que la planificación no sirve para nada, que es imposible cumplir con lo establecido. Y, por tanto, cumplir los planes y alcanzar las metas.

En la actualidad, foros cualificados de expertos en productividad, en organización y en planificación, están llegando a la conclusión compartida de que “eso de planificar está obsoleto, no funciona”, por la sencilla razón de que ellos no pueden cumplir sus planes. Refuerzan sus tesis en las experiencias propias y de conocidos, sostenida en el tiempo, y en una buena colección de fracasos e incumplimientos propios reiterados.

Y tienen razón, es verdad. Pero no tienen “toda” la razón ni tampoco es “la” verdad, se trata de su razón y de su verdad, porque también es cierto que a muchas personas sí les funciona la planificación. Hacen lo que planifican, y logran lo que se proponen. Aunque son los menos.

A quienes no le funciona, acostumbran a afirmar que es inútil el esfuerzo de planificar debido a que, sin duda, no se va a cumplir. Y peor aún, creen que ponerse metas e intentar lograr sus sueños, les va a generar enormes dosis de frustración tras fracasar en el intento. Como consecuencia de esas creencias, dejan de luchar y de esforzarse, aceptan “que las cosas son así”, se acomodan, y sobreviven. Evitan el fracaso anulando el intentarlo. No es posible fracasar en lo que no se intenta. Y así cosechan el mayor de los fracasos. Pero siguen soñando.

Si alguien tiene un armario y miles de prendas que meter en él, haga lo que haga, acabará frustrado. Sencillamente no hay espacio suficiente. Nunca hay espacio suficiente. Por eso, a menudo las personas debemos hacer limpieza de las prendas que no utilizamos. Debemos liberar espacio.

El tiempo es un recurso limitado, peor aún, es un recurso muy limitado. Además, es perecedero e irremplazable. El tiempo perdido, perdido está, no puede recuperarse por mucho correr o afanarse. Ese es otro tiempo, el tiempo pasado se acabó.

Se debe planificar el futuro, pero se debe ejecutar el presente. Así de simple, no hay más. El tiempo acaba agotándose, las cosas, a menudo no se han acabado, o ni tan solo se han comenzado.

Y en GTM, que nos dedicamos a planificar para lograr metas, sueños y objetivos, no queremos poner el foco en aquellos que nos les funciona, y que por tanto no creen. Queremos focalizarnos en los que sí les funciona, los que cumplen, los que logran, los que alcanzan el éxito y sus sueños. Y también en quienes desean esforzarse y hacer algo para que sea así.

Y queremos explicarte aquí y ahora, por qué algunos triunfan y logran, mientras que otros fracasan y consiguen frustración. Estas son las dos razones principales:

1 – No planifiques cosas ni tareas, planifica sueños, objetivos y metas.

La inmensa mayoría de personas, pese a llevar años acumulando fracasos y retrasos, siguen persistiendo en la absurda idea de “organizarse” y de “gestionar el tiempo”, cosas que no se pueden hacer, ni mucho menos lograr, porque son humo, conceptos intangibles. Por eso, han llegado a desarrollar la creencia de que planificar no funciona, sin reparar en que los que no funcionan son ellos.

Quienes se dedican a planificar el trabajo, quienes intentan organizarse, parten de la idea de que tienen que meter, como sea, todas las tareas en el tiempo disponible. Un grave error. El tiempo es limitado, 24 horas al día y 1.440 minutos, ni uno más. Las tareas, el trabajo, son ilimitadas, nunca se agotan y surgen nuevas necesidades a cada momento. Intentar meter todo eso donde no cabe, es fuente inagotable de estrés y frustración.

Quienes pretenden organizarse, es decir, cuadrar el “espacio” de su armario, con las prendas que van a alojar en él, también fracasan. No solo porque hay más prendas que espacio, que eso lo sabe cualquiera, sino porque, tratándose de prendas, lo mismo da un jersey que una camisa, solo son prendas, solo son tareas a encajar.

Y ocurre que tales encajes no están priorizados, aunque puedan estar ordenados. Entonces, ante la ausencia de prioridad, cualquier urgencia propia o de otros, cualquier preferencia personal por la tarea a realizar, acaba imponiéndose y dejando a las tareas desagradables, la “ropa” que no nos gusta, sin encajar; algo hay que dejar afuera.

Y resulta que organizarse es realmente una tarea sencilla, al alcance de cualquiera, hasta de un niño. Lo que realmente deberíamos aprender es a no desorganizarnos, a no cambiar de forma continuada y permanente los planes previamente establecidos; esa es la cuestión. Pero todo el mundo parece ignorar que somos seres emocionales, que mutamos nuestras necesidades y preferencias por otras que acaban de aparecer ahora mismo pero que, por alguna razón, acaban desplazando a las que estaban previstas. Ahí está la raíz de la cuestión.

Lo cierto es que, en esa planificación, no existen auténticas prioridades, rocas sólidas a las que no les afecten las circunstancias de la vida, que se mantengan inalterables, que se puedan defender ante cualquier ataque interno o externo, y finalizar el día habiéndolas cumplido. Las cosas son banales, pueden esperar a mañana, o aún más. Lo urgente siempre desplaza a lo importante por la sencilla razón de que lo importante puede esperar, aunque sea un momento.

Sin embargo, cuando los planes están basados en nuestros sueños, en nuestros deseos, y obedecen a un plan premeditado para lograr un fin, entonces disponemos de rocas sólidas donde aferrarnos, de poderosas razones para decir no, o, ahora no puedo. Tenemos fundamentos morales y fuerza interna, tenemos razones, auténticas prioridades, porque sabemos las consecuencias de fracasar y los premios de lograr, sabemos lo que nos jugamos. Lo hemos visto antes… cuando planificábamos.

2 – El problema no está en planificar, sino en cumplir lo planificado.

Un robot ejecuta una lista de procesos en el orden establecido, pero las personas no. Las personas planificamos con la cabeza y actuamos con el corazón. Quitamos, ponemos y cambiamos la lista y, antes de acabar la nueva lista, la volvemos a cambiar. Las personas no somos máquinas, no actuamos igual, nos desplanificamos y desorganizamos nosotros solos. O permitimos que lo hagan los demás.

Los planes pueden estar bien hechos o mal hechos, pero no es ese el problema real. Las personas damos prioridad, generalmente de forma inconsciente, a las tareas que nos resultan agradables, aquellas que disfrutamos haciendo y que nos dan placer y bienestar.

De igual forma, las personas retrasamos, demoramos, y acabamos dejando sin hacer, las tareas desagradables, pesadas o desconocidas; todas aquellas que nos causan esfuerzo y malestar. Consciente o inconscientemente encontramos “poderosas razones” para no hacer, para demorarlas, o para hacer otras en su lugar.

Nos hacemos trampas a nosotros mismos, no cumplimos, y solemos culpar de nuestro fracaso a los demás. La procrastinación (cambiar una tarea urgente e importante, aunque desagradable, por otra intranscendente y no urgente, pero agradable) es una práctica habitual en todos los humanos. Las personas tenemos la necesidad de cambiar “el estado espiritual”, el cómo nos sentimos al abordar ciertas tareas. Se trata de un mecanismo de autodefensa, automático e inconsciente. Y al no ser conscientes de que lo hacemos, ante tal estado inconsciencia (o de no consciencia), necesitamos culpar a cualquiera para poder sentirnos bien, para justificarnos. Cambiar malestar por resignación, está muy lejos de lograr.

Pintar las sillas verdes o pintar las sillas rojas, qué más da. Pero si alguien necesita las sillas rojas para mañana, las rojas se pintarán en primer lugar. Las verdes… ya se verá. Así es como actuamos los humanos.

El miedo a perder un cliente, una oportunidad, a quedar mal, a lo que pensarán, a lo que dirán… o a tantas y tantas cosas, nos juega malas pasadas. Somos tan volubles que, a la menor presión externa o interna, cambiamos las prioridades. Nos olvidamos de la lista y nos ponemos a correr en otra dirección. Y lo peor, las prioridades propias van a para al fondo de la lista, al último lugar. Solemos valorarnos poco a nosotros mismos. Tal vez sea poco importante nuestra causa, tal vez no exista, o tal vez demos más importancia a la de los demás.

La razón y las emociones no se llevan muy bien y, aunque parezca lo contrario, nunca gana la razón, siempre puede el corazón. Por tanto, es necesario dotarnos de poderosas razones. Y no existen razones más poderosas, rocas más sólidas, que aquellas acciones que nos llevan a cumplir nuestras metas, nuestros deseos y nuestros sueños. La mejor opción no consiste en construir sobre arena, sino construir sobre la roca viva.

Bienvenido a la planificación proactiva.

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